CUENTOS

“WOMEN SEEM WICKED…”

Al salir del café, Ramiro miró la calle y la sintió desierta, fría y  ajena a él, como si estuviera en otra ciudad. Si en tantas ciudades se sintió solo, esta era la primera vez que se sentía extraño en su propia ciudad. Era viernes,  nueve de la noche. Con pena empezó a caminar hacia su casa, sabiendo que el encuentro frustrado con Daisy era un adelanto de su muerte. Había llegado al café una hora antes, llevando una revista y una rosa para entregarle a Daisy al momento del encuentro, que debió ser, según ella misma lo decidió, a las ocho de la noche. Cuando entró, vio vacía la mesa de costumbre y allí se sentó para esperarla, la ilusión de verla era tanta que no pensó que ella nunca llegaría: no estaba preparado para eso. Pidió un café y mientras el mozo lo traía, contempló las fotos que adornaban la pared, al tiempo que en su memoria repetía el estribillo de una vieja canción que decía  “… no es casualidad que tú  y yo nos encontremos…” Tiempo atrás, esa canción la envió a Daisy en un correo con la promesa de bailarla en alguna ocasión. Le trajeron el café y empezó a tomarlo. El primer cuarto de hora pasó. Sobre la mesa, al costado de la tasa de café, estaba puesta la revista y sobre esta, la rosa de rojo oscuro,  fresca y olorosa. El  tiempo transcurría, Ramiro empezó a sentir su soledad y el temor de no volver a verla, pasó fugazmente por su imaginación. Mientras la canción  seguía dando vuelta en su memoria, para sobrellevar la soledad, retiró la rosa, abrió la revista y  empezó a releer el artículo que escribió sobre su amigo. Quince minutos más y Daisy no llegaba. De donde estaba sentado, Ramiro podía ver con facilidad a través del ventanal, la gente que pasaba por la calle, ninguna era Daisy que venia. Para no caer de lleno en la soledad siguió ojeando la revista, contemplando las fotos de la pared y dando de cuando en cuando un sorbo de  café. Pensó que ya había esperado tiempo suficiente y decidió llamarla. Tras otro sorbo de café marcó el número. El teléfono timbraba pero Daisy no respondía, la posibilidad de no verla se iba haciendo real. Esperó un momento, comprobó que había marcado el número correcto y volvió a llamar y tres veces más repitió la llamada con el mismo resultado. Recién entonces, el miedo lo invadió. El miedo de no verla, era el miedo a  morir. Daisy había decidido no asistir al encuentro y en un acto de total descortesía, no avisó, ni quiso siquiera contestar las llamadas, nunca entendió que eso, aumentaba la soledad de Ramiro a tal punto, que le restaba las ganas de vivir. Esa noche de verano, se tornó fría por la espera. Pero todos los tiempos siempre tienen un plazo, a pesar del temor, Ramiro no estaba dispuesto a esperar eternamente. Había transcurrido ya más de media hora. En otro tiempo él ya se hubiera ido, pero esta vez, decidió continuar esperando hasta cumplir la hora, era como darse él mismo una opción más, total, ya no faltaba mucho. Para entonces, el estribillo dejó de darle vuelta en la memoria. Guardó el teléfono en su bolsillo, cerró la revista y puso sobre ella otra vez la rosa que ya no estaba fresca, parecía que el temor y la pena también a ella le alcanzaba. Terminó el café, miró el reloj, 8.55 p.m. Estaba solo, cubierto por una sombra de dolor y de recuerdos que, hubiera preferido que esos cinco minutos que faltaban, no lleguen nunca a su fin, para no salir de allí sin posibilidad de regreso. En ese breve tiempo empezó a recordar las cosas que pasó con Daisy: la primera vez que, venciendo su temor, la llamó por teléfono y volvió a escuchar su voz después de casi un mes de haberla conocido, en una reunión de amigos, que duró el tiempo suficiente para darse cuenta que, a partir de ese día lo que le faltaba por vivir, ya no quería que sea sin ella. Recordó la primera vez que tocó sus manos y la vez que, cuando empezaban a conocerse, tembloroso secó con su mano, unas lágrimas que a ella le brotaron del alma, recordando frente a él, un dolor que ya quería olvidar. Recordó la noche que estuvieron frente al mar, las fotos de sus manos, luego la separación, que continuaba en esta espera que llegaba a su fin. Cogió la rosa y la revista, dejo la mesa, se acercó a la caja y tras pagar la cuenta se dirigió a la calle. Ya afuera, se enfrentó a él mismo. Tenía que aceptar la realidad: era un engaño más, de los tantos que soportó en su vida. Se había preparado para amarla, no para perderla. ”Son crueles las mujeres…” Se dijo para si. Nada había cambiado, su soledad lo hizo por un tiempo vivir como real lo que fue una fantasía. Pero ya estaba otra vez instalado en su verdad. Sentirse solo en su propia ciudad aumentaba en él la tristeza de no estar con Daisy. Mientras iba pasando las calles de regreso a su casa, se dio cuanta que la rosa que tenía en su mano estaba muy marchita y la dejó en un tacho de basura, de esos que están en las esquinas. Y siguió caminando lentamente, pensando en todas las cosas que vivió, en el tiempo que se pasa y de pronto nos volvemos viejos y nos tenemos que morir, como esa rosa que acababa de botar, y quedan pendientes muchas cosas por hacer y por decir, como las cosas que pensaba decir a ella y que se quedarán con él eternamente, porque ya para él no habrá mañana. “Son crueles las mujeres cuando no te desean.”

Cuando llegó a su casa, Ramiro pasó directo a su habitación, puso la revista sobre el velador y sacó el libro de poesía que siempre le gustaba releer, lo abrió en la página que él ya conocía y se tendió en la cama para empezar la lectura. Todo era rutina, menos lo que él sentía en ese momento. Para evadir su dolor, para no sentir más su soledad, se fue metiendo en los versos del poema y poco a poco iba creciendo el silencio. Poco a poco la oscuridad era más grande. El camino que eligió para escapar de todo ya no tenía regreso. Y así se quedó, viajando solitario en el silencio, donde el amor no se miente, donde  los encuentros no se quedan frustrados, y la entrega de cosas sí se cumple. Al salir del café esa noche, Ramiro  ya sabía su final, por eso abrió el libro de poesía donde estaba el poema que lo explicaba todo: “Women seem wicked when you’re  unwanted…” (J. Morrison)

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CARTA DE GERMÁN

San Isidro, 23 de octubre de 1993

Querida Julia.

Hasta hoy me quedo en nuestra habitación. No sé cuánto tiempo estuve ocupándola, pero ya no doy más y la dejo sin ganas de dejarla. Quizá apresurado, sí solitario y ya muy desgastado en mi entusiasmo. Desilusionado me voy de aquí.

Desde que te fuiste, ahí detrás de la puerta donde estaban nuestras fotos, puse un afiche grande de un textil Paracas, con la figura de un mono que parecía que saltaba del techo al suelo. El afiche lo traje del trabajo, para tapar ese horrible vacío  que quedó en la puerta, cuando saqué las fotos para que las lleves de recuerdo. Ese vacío me golpeaba cada vez que  despertaba en las mañanas. Porque después que te fuiste, también cambié la posición de la cama, la giré 90 grados, puse la cabecera pegada a la pared del fondo, en el rincón que te debes estar imaginando. Por eso quedamos, la puerta y yo, frente a frente, cada vez que despertaba. Después que pegué el afiche, el mono y yo nos mirábamos diariamente, y eso era menos triste que contemplar el vacío que dejaron las fotos nuestras que te llevaste. A los dibujos que te hice les di algún retoque, los pegué sobre una cartulina  y los puse adornando el rincón. Debo decirte que se veían muy bien contrastados con la pared, al menos a mi me gustaba contemplarlos.

Hoy he desarmado todo, porque, como te repito: hasta hoy me quedo en nuestra habitación. Las cosas que has dejado te las enviaré y será entonces como retirar ambos de este lugar de Lima, nuestras tropas de ocupación, pues yo volveré a mi casa con las cosas que me tocan. De nosotros sólo el recuerdo habrá quedado por acá y dentro de algunos años, cuando abandonemos nuestros cuerpos, tal vez vendremos juntos como fantasmas, a visitarlo y apagaremos las luces y haremos ruido, asustando a los que entonces estén ocupando el espacio que en un tiempo hermoso de nuestras vidas, compartimos con entrega, con alegría, con fe y mucho amor. Tanto, que dimos origen a una nueva vida, cuando los geranios que sembramos en el jardín empezaban recién a crecer. Luego te fuiste. Volviste a tu casa, yo me quedé aquí solo, dándole un nuevo orden a las cosas que dejaste, como para quitar de mi memoria, lo que podía hacer que te recuerde, sabiendo que esa intensión era en vano: nunca tuve un día sin recordarte, porque tampoco quise olvidarte. Procuraba dormirme, entonces te soñaba, y cuando  despertaba a media noche, te buscaba a mi costado, aturdido por el sueño y el ruido de los grillos que no cesan en su intento de encontrarse.

Hoy me toca a mí, dejar nuestra habitación, no todo lo que traje lo podré llevar. Dejaré algunas cosas, otras regalaré a los amigos. Se queda nuestra cama completa, llena de nuestras huellas. Las cosas que dejaste te las enviaré con pena, no sé si acaso vuelva a verlas. Todo vuelve a su origen y esas cosas volverán a acompañarte, ahora en tu casa o mañana más tarde quizá en un nuevo viaje, donde el paradero final tal vez no sea yo. También te envío dos dibujos de los que estuvieron pegados en el rincón que te hablé, supongo que al verlos, algún recuerdo te traerá. En el reverso, está sus nombres. Pero hay algo tuyo que me lo estoy quedando. Que no puedo enviártelo tan pronto,  y menos con el riesgo de perderse, te lo he de entregar  personalmente. A parte de tu cariño, te debo agradecer, por haberme acercado a la fuente del saber que conoció tu padre. Sabes a lo que me refiero. Quédate tranquila que lo sabré cuidar y guardar el secreto.

Ya te dije: hasta hoy me quedo en nuestra habitación. La veo como entristecida, solitaria y vieja, además, con un olor a humedad estancada que, a media noche me despertaba  o me hacia soñar con el mar del Puerto Eten. Con las cosas empacadas, la habitación se ve más grande. Está como la primera noche que llegué a quedarme, que sólo estaba la cama y yo. En los cuartos vecinos ya no se escuchaban voces, pero ahora, la habitación de Chela, que se quedó vacía, la ocupa la familia de Arnaldo, que también ocupará la nuestra, apenas la puerta de la calle se cierre a mis espaldas, cuando salga con mis cosas a Trujillo, así como tú saliste  una vez con tus cosas a Chiclayo, cuando los geranios ya habían crecido y daban flores. Sabes, parece una fantasía (por no decir un sueño), todo el tiempo que compartimos nuestra habitación que hoy la dejo. Que tú  has dejado antes.

Descontando a Chela, se quedan todos los vecinos que tuvimos. De ninguno de ellos me pienso despedir, para no darle gusto a la tristeza, que  me estuvo jodiendo desde que te fuiste, (como una hembra para que la mire), pero mi vanidad pudo más y no he cedido. Por eso, de nadie me voy a despedir. Por eso, y porque sé que he de regresar para vengarme.

De mi economía ni te hablo. No sé cómo he sobrevivido todo el año que ha pasado, con los fines de mes que llegaban tan rápido para pagar, con la carga de lo tuyo, con la carga de lo mío. Realmente no sé cómo he sobrevivido. No tanto por el dinero, sino porque tantas asechanzas juntas hubieran tumbado a cualquiera, yo todavía no me arrastro, tengo intactos mi honradez y mi orgullo,  y puedo mirarle los ojos, a cualquiera que tenga delante de mí, por ese convencimiento supremo de saber quien soy, y porque creo en Dios y no digo  que es a mi manera.

Si no me has escuchado que te llamo, alguna noche me has de escuchar, en un breve sonido antes del sueño, después llorará nuestra hija porque ella también me habrá escuchado. Ahora creo que ella es la que me escucha y no tú. Por eso es que debe moverse mucho en tu vientre. Te pido perdón por mi silencio, que siempre es un silencio no deseado. Ya iré a verlas, porque  aunque en silencio, siempre las recuerdo. Porque aunque distante, siempre están conmigo.

Bueno, ya debo cerrar el sobre. Ya debo despedirme. Debí preguntarte ¿cómo vas? y hablarte de mi, pero esta vez lo que me salió fue un réquiem por nuestra habitación. Creo que todo lo que escribí por ella se lo merecía. Con toda su pequeñez y su humildad, fue parte de nuestra vida, de nuestra historia. Debo decirle “adios” también en nombre tuyo.

Ha esta hora los grillos se han callado. Afuera se oyen voces, y más afuera el ruido de los carros. Eso también se queda. El que se va soy yo, nada de eso volveré a escuchar, porque hasta hoy me quedo en nuestra habitación.

Saludos.

Germán

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ME CORTARÉ LOS LABIOS

Que mis labios sean la ruta,
por donde viajas de regreso,
al encuentro de tu pasado.

Soy un viejo metido en mi niñez, atrapado por el recuerdo del último beso que nos dimos, que fue largo, como la línea del tren que te llevó tras nuestro beso, y yo la quedé contemplando largo rato, incluso después que el tren se perdió de vista por la distancia y ya no se escuchaba de él ningún ruido. Había llegado a la estación con mis padres para despedir a tu familia y mientras nuestros padres conversaban, poco antes de abordar el tren, sin que ellos nos vieran, nos besamos largamente y hoy sé que para siempre. Pero tan lejos te llevó ese tren, que no pude jamás volver a verte. Me quedé sólo con el recuerdo de tus labios, con el sabor, la tibieza, tu perfume de niña y la pasión de ese largo beso. Tenía que ser largo porque la idea era que a ti te acompañe en todo el viaje y a mí en todo el tiempo que dure tu ausencia. Ya hace quince años que te fuiste y todavía hoy, cuando estoy triste y te extraño, suelo tocarme los labios para palpar las huellas y el calor que me dejaste y me concentro y pienso en ti para sentir tu perfume de niña. Hace 25 años que te fuiste tras ese largo beso, envuelta en el perfume de heno que usabas y ese perfume, igual que tu recuerdo,  no lo quiero perder. Debo decirte que, después de 30 años, yo no estoy igual al que dejaste, me ha ido creciendo la barriga poco a poco, la talla de mis pantalones fue cambiando y la de mis camisas también. El trabajo en la oficina ha mecanizado mi vivir. Hoy me arrugo más cuando me rio y muchas arrugas aunque  no ría, se han quedado en mi rostro. Hoy uso lentes para leer porque de pronto, descubrí que las letras se hacían dobles y se movían como si flotaran sobre el papel. Después de 40 años de nuestra despedida, las comidas ya no las disfruto mucho, porque los guisos que me gustaban comer, el médico me los prohibió y me a prescrito sólo verduras sancochadas para evitarme el colesterol y algo que no entiendo bien, pero que tiene que ver con el colon. Después de 50 años de tu partida  tras ese largo beso, hoy se me quita el sueño como a las 4 de la mañana y, para no seguir dando vueltas en la cama, después de tocarme los labios y comprobar que todo esta conforme, me levanto a tomar algunas pastillas que, según el médico, le permitirá a mi organismo tolerar las comidas. Luego me pongo a leer y el día se me viene ya no como una avalancha de actividades, porque ya he dejado el trabajo en la oficina, sino, como una gotera constante de recuerdos. ¿Te acuerdas de mi pelo rubio, largo y hondulado? De eso sólo han quedado fotografías, porque hoy lo tengo blanco y corto y como la frente me fue creciendo hacia atrás, los tengo escasos. Peinarme ya no está en mi rutina. También la ciudad a cambiado. Después de 55 años de tu viaje, ya no esta la estación de nuestra despedida, ni la línea del tren. Hoy, después de 60 años te has quedado sin ruta para regresar. ¿Quién te podrá guiar? ¿Qué huella has de seguir para el regreso? Definitivamente, después de 65 años de nuestro beso de despedida, ya nada es igual a lo que debes tener en tu recuerdo. Pero a pesar que siendo el mismo yo ya no estoy igual, conservo todavía el recuerdo de tu perfume de heno y el sabor de tu boca, no le he borrado de mi mente ni de mis labios. Para estar seguro que aún lo conservo, paso siempre la yema de mis dedos por los labios y vuelve a mi tu perfume, la pasión y el aliento de tu boca. Porque el recuerdo aún lo mantengo vivo, latiendo con ternura eternamente. Bueno, digo eternamente, porque hace 70 años que partiste y todavía esta tibio y latiendo entre mis labios, ese largo beso de despedida que nos dimos en la estación. Pero todo cambiará mañana, cuando a las cuatro de la madrugada, salga de la cama como de costumbre. Tomaré un cuchillo, me sacaré los labios con la huella y el calor del beso que aquella vez nos dimos, lo pondré en el camino delante de mi puerta, y empezaré a estirarlos, como un niño que juega. Los estiraré hasta que ya no pueda más, formaré dos líneas paralelas. Dos líneas iguales a la vía del tren que te llevó. Por ella has de volver hasta mi casa, como quien vuelve tras sus huellas, reconociendo el beso largo y ardiente de nuestra despedida, envuelta en tu perfume de heno. Comprenderás cuando llegues, que no podré besarte, ni tú podrás reconocerme después de 75 años del último beso que nos dimos. Sólo estará la perfumada vía para contemplarla como entonces, pero esta vez, viéndote llegar. Habrás vuelto siguiendo tu perfume por la línea de mis labios.

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VIAJE DE LAS ROSAS

“A florecer las rosas madrigaron,
y para envejecerse florecieron:
Cuna y sepulcro en un botón hallaron.”
(Pedro Calderón)

Los viernes por la mañana, llegaba la vendedora de flores a la casa. Apenas recibidas, mi madre repartía las rosas entre el florero de la sala y el florero que estaba sobre la mesa del comedor. Una o dos rosas, ponía a veces en un pequeño florero que estaba sobre el esquinero, al final del pasadizo que llevaba a las habitaciones. Así, la casa que era amplia, se llenaba de olor los fines de semana. Los sábados y domingos eran los días que más disfrutábamos de las rosas. Estaban frescas y a la hora de estar reunida la familia en la mesa del comedor para el desayuno, el almuerzo o la cena, nos llegaba nítido su perfume y la alegría de sus colores. De lunes a viernes ya casi no reparábamos en el color ni en el aroma y menos en la alegría de las rosas, porque generalmente los cuatro hermanos, nos sentábamos a la mesa apurados a tomar el desayuno para llegar a tiempo al colegio. A  esa hora mi padre ya había salido para el trabajo y mi madre se preocupaba que no olvidemos nada a la hora de salir. De lunes a viernes por la mañana, importaba más el reloj que el desayuno. Al volver del colegio para almorzar, pocas veces coincidíamos, pues cada uno almorzaba según el orden de llegada. A esa hora importaba más la comida que las rosas, aunque siempre al llegar a casa, se percibía su olor. Yo crecí oliendo las rosas a la hora de comer, hasta las reconocía por su perfume, puedo decir que primero conocí su perfume, después sus nombres.

Pero las rosas con el paso de los días iban perdiendo su color y su perfume. De estar coloridas y alegres, pasaban a estar pálidas y tristes, luego perdían su hidalguía y rigidez  y se inclinaban sin vida, como si miraran a la mesa. Entonces pasaban del florero al cesto de la basura. Los jueves cuando volvía del colegio a casa para almorzar, el florero de la mesa estaba vacío y triste, igual que los otros, pero a pesar de no haber rosas, se continuaba percibiendo su perfume; es que el ambiente de la casa estaba impregnado de ellas, igual que mi recuerdo, pues hasta hoy, cuando percibo el olor de las rosas inmediatamente recuerdo mi casa. Pocas veces las rosas pasaban del jueves a medio día. Pero los viernes, los floreros recobraban su alegría con las flores recién llegadas, las que también iban a tener el mismo destino que las anteriores. Era una rutina inevitablemente cruel. En la tarea de cuidar los hijos y reemplazar las rosas, mi madre se fue envejeciendo, y en la costumbre de olerlas, nosotros sus hijos, abandonamos la niñez y la adolescencia.

Nunca faltaron rosas frescas en la casa los sábados y domingos, cuando toda la familia nos sentábamos a la mesa para comer. A mi me parecía que el olor de las rosas ayudaba a saborear mejor las comidas, o como que me abría el apetito. Hoy que lo recuerdo, imagino el viaje de las rosas, tortuoso, callado e irrevocable: eran cortadas de algún huerto en la campiña de Moche. De allí llegaban al mercado de Trujillo, luego la vendedora de flores las llevaba a mi casa. Allí permanecían dispersas en los floreros, de donde salían para volver a juntarse marchitas y sin olor en el tacho de basura, junto a los otros desperdicios de la casa. Después dejaban la casa para irse en el carro que recoge la basura y terminar su viaje en el relleno sanitario, entre todos los desperdicios de la ciudad. Todo ese viaje del esplendor al olvido duraba una semana, cambiando de manos, lugares y ambientes. Deteriorando poco a poco su belleza, pero cumpliendo calladamente su destino de breve olor y hermosura para el disfrute vanal y rutinario de los humanos. ¿Será por eso que tenemos la costumbre de llevar rosas para dejar en las tumbas, o quizá por eso regalamos rosas a los vivos, como símbolo tangible de lo efímero y hermoso de la vida y del amor? Cumplimos así con un destino que nadie sabe quién gobierna. Y las rosas siguen condenadas a nacer donde las cortan y a morir donde no queda su recuerdo.

Ya mis padres no están, ni nosotros los hermanos, nos vemos diariamente, la vida nos ha puesto en lugares distintos. Alguna mano vendrá un día para sacarnos del lugar donde estamos, y como las rosas, nunca más regresaremos.

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HISTORIA  DE  UN  NOMBRE

Tras la muerte de mi madre, los hermanos empezamos el infausto y nada fácil reparto de los bienes, que luego de fallecer mi padre -veinte años atrás-, siempre buscamos pretextos para postergarlo. Para evitar ese trabajo  decidimos con no poca nostalgia, contratar a una empresa para que se ocupe de vender la casa donde nos criaron, donde tanto amor y cuidado nos dieron los viejos, donde aprendimos a caminar, donde tanto jugamos, y de donde un día salimos a fundar otras familias.

La empresa que contratamos tenía por tarea, efectuar la venta de la casa y repartir el dinero equitativamente entre los  hermanos. Queríamos evitar así las sospechas de parcialidad en el reparto de la herencia. Pero, para que la empresa pueda proceder con el encargo, había  que dejar la casa vacía y esa fue también otra nostálgica tarea. Mis hermanas se repartieron muebles, adornos, vajilla, obras de arte, retratos, alfombras, camas. Lo que por falta de espacio no podían tener en sus casas, se regaló. A mi me tocó (porque así lo pedí), el escritorio de mi padre y los libros de la biblioteca, con uno que otro libro menos, que a mis hermanas se llevaron porque les traía más de un recuerdo grato de algún momento de sus vidas, y que por olvido no lo habían llevado antes a sus casas.

Con el escritorio, heredé también la hermosa lámpara de bronce de estilo victoriano, que mi padre usaba para alumbrarse cuando trabajaba. Todos los hermanos crecimos viendo sobre el escritorio esa lámpara del Siglo 19, que mi padre la heredó también de mi abuelo y que yo he decidido dejársela a mi hijo.

Fue en la tarea de embalar los libros para el traslado y de revisar los documentos que dejó mi padre, que hallé en el fondo de un antiguo baúl de madera, un hato de papeles amarillados, escritos con  caligrafía antigua y tinta negra ya palidecida. Eran folios sueltos, atacados por los hongos que siembra el tiempo. Me llamó la atención que mi padre nunca antes me los haya mostrado, que nunca me haya hablado de ellos y sin embargo, era evidente el cuidado que les había prodigado. Estaban puestos dentro de una caja rectangular de madera, de esas que antes se importaba el tabaco de Virginia. A primera vista, tuve la impresión que se trataban de documentos secretos. Pensé que quizá encontraría alguna historia no conocida de los orígenes de mi familia. Por la antigüedad, estaba claro que no habían sido escritos por mi padre, tampoco por mi abuelo. Por el lenguaje, la caligrafía y sobre todo, por lo antiguo del papel, puedo asegurar que son del tiempo de la independencia: he visto documentos de esos años. Sospecho que éstos, debieron llegar a manos de mi padre tras la muerte de mi abuelo, que fue descendiente directo de un subteniente del ejército realista, que capituló ante Sucre en 1824 tras la batalla de Ayacucho. Lleno de emoción e intriga retiré la caja del baúl y la llevé a mi casa lleno de emoción, como si hubiera hallado el cofre de un pirata.

Tras dejar vacía la casa y ya con más tiempo, me puse a examinar aquellos documentos. Comprobé que no había ninguna historia oculta de mi familia, ni había ningún dato sobre nuestros orígenes. Algunos escritos eran como recomendaciones o reflexiones, otros parecían historias cortas o meditaciones sobre algún tema. Todos estaban dedicados y eran independientes uno de otro. El lenguaje en algunos casos, era lacónico y directo, en otros, casi poético. Parecía que el autor se esforzó por decir las cosas en sentido figurado o metafórico, pero sin alcanzar el ritmo, la métrica o la rima que exige la construcción poética. Si en verdad la mayoría de folios estaban escritos en papel y caligrafía antigua, encontré algunos que, parecían posteriores.

La lectura de todos los documentos me tomó algún tiempo por lo difícil de entender la escritura, muchas veces tardé más de un día en terminar la lectura de una página. El deseo de encontrar algún dato secreto de mi familia y su origen, se fue apagando conforme avanzaba en la lectura, porque me di cuenta que el tema de los textos era más bien literario y que no tenía ninguna relación con mi familia, salvo el hecho de que el autor sea un antecesor de mi linaje.

Como al tiempo que leía los folios, me di el trabajo de transcribirlos a un lenguaje actual, cuando terminé, tenía ya una versión moderna de todos los folios. En algunos casos, tomé la idea original para escribir cosas que son enteramente mías. Eso fue lo que me animó a publicarlos.

Parece que mi padre tenia la costumbre de releer de vez en cuando esos escritos, y prefería alguno de ellos. Digo esto porque, los que hallé en primer orden tenían el mismo tema o, en todo caso, parecían hechos por la misma persona, lo que sí es seguro, es que, el orden en que los hallé no es el que su autor les había dado, porque entre los folios sueltos hallé lo que debió ser la carátula de todos. Con letras grandes, escritas a mitad de hoja con una caligrafía delicada y hermosa se leía HIPOGRAFÍAS.

 

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One response to this post.

  1. Pasear a lo largo de esta rica narrativa me ha permitido descubrir cuánta belleza y cuánto sentimiento albergan las palabras. Cada historia descorre los velos de la imaginación y lleva, casi como producto de un encantamiento entre el autor y el lector, por vías que sin duda, atraviesan submundos llenos de emociones diversas. El miedo en el cuento de la cita, la nostalgia en la historia del requiem para una habitación que se abandona, el más espectacular: aquel beso que circuló durante setenta y cinco años, dado en la estación cuando la jovn partía para no regresar. El profundo significado de las flores en tus cuentos, parecieran que ellas van contigo en una silenciosa companía fiel y duradera.
    Hay una suerte de ensoñación que se repite, hondos sentires que emergen de las líneas de tus historias. Ellas plasman un universo de anchísimas proporciones, en el que tu espíritu y tu imaginación dan rienda suelta al talento de una pluma contemporánea intimista, digna de elogio.
    Ha sido un placer recorrer estos recintos, donde la letra no pierde su rumbo en ningún momento. Y te aliento a seguir y a escribir para una generación que cada día es tentada de olvidar lo que siente.
    Un gran abrazo

    Jeniffer Moore
    miami, FL USA

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