ENSAYOS

 

AMOR,  LENGUAJE  Y  COSTUMBRE   © E. Rubio Díaz

En la vida de los humanos, el origen de sus romances son casos únicos. No importa cuántos hayan sido: ninguno empezó igual. Como ningún origen se repite, no pueden tener el mismo desarrollo, ni el mismo trato, ni el mismo final, menos el encanto sutil y peculiar que los envuelve: el lenguaje.
Nada une más a la pareja que la palabra o la frase amorosa dicha en el tono y el momento preciso. No importa si es verdad o mentira, si está dicha con oportunidad es suficiente.
En la relación amorosa, el aspecto físico y el carácter de sus protagonistas pueden repetirse, pero las circunstancias de su origen no. Por tanto, el trato y el lenguaje serán diferentes.
Mi amigo José, por ejemplo, a una de sus enamoradas le decía “amorcito”, con una entonación reservada sólo para ella, que era morena y delgada. Morena y delgada era también Teresa, su primera esposa, pero a ella le decía “negrita”. Ambas, físicamente eran similares, pero el trato y el lenguaje que usaba para dirigirse a ellas era muy diferente; no obstante que provenía de la misma persona.
La explicación de lo anterior está en que, ambas relaciones fueron resultado de circunstancias distintas. La diferencia entre un amor y otro, no es que se cambia de pareja, en todo caso no es eso solamente, la diferencia está en que la circunstancia que motivó el origen es distinta.
Cada relación de amor, crea desde el origen sus propios códigos, su propio lenguaje, su propio trato y sus propias reglas. Y sirve solamente para esa relación. Esto se hace evidente cuando alguien de la pareja (hombre o mujer), mantiene relaciones paralelas con dos o más. A cada una sin esfuerzo, desde luego, la trata y le habla de manera distinta. Cuando el trato y el lenguaje de una, por equivocación, la emplea en otra, se falta a la regla, se rompe la costumbre y surgen los conflictos. Esto no es porque cada uno tenga gustos diferentes, es porque cada relación amorosa en su origen fue diferente y creó su propio trato y sus propias reglas, las que tácitamente se comprometen a cumplir, mientras dure la relación.
Alfredo, acostumbrado a dormir al lado derecho de su cama, un día conoció a una mujer y la llevó a su habitación. Por esas cosas del azar que nadie explica, ella ocupó esa noche el lado derecho de la cama y allí amaneció. Desde entonces, cada vez que se repetía el encuentro, Alfredo tenia que dormir al lado izquierdo y continuó así el resto de su vida, porque un día aquella mujer llegó a su casa para quedarse.
Es la circunstancia única e irrepetible que aconteció en el origen de la relación, la que marcó la diferencia en el trato, lenguaje y costumbre, para siempre.

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ARTISTA,  ARTE  VISUAL Y  LENGUAJE © E. Rubio Díaz


Desde el punto de vista de la forma,
el modelo de todas las artes es el arte del músico.
Desde el punto de vista del sentimiento,
el modelo es el talento del actor.”
(O. Wilde: El retrato de Dorian Grey)

Si no fuera por el lápiz o el pincel, los sentimientos y el mundo que nos rodea no tendrían como expresarse. Los objetos estarían mudos. En la “realidad” del arte, aquellos le dan voz, haciendo que se expresen con detalles y sentimiento. Desde luego, detrás de ambos está el artista. En definitiva, a él me refiero: el lápiz o el pincel son el artista. Aquellos son la proyección del artista, actúan y producen lo que este siente y quiere expresar.

Falta una aclaración, cuando digo que los objetos tienen “voz”, o se “expresan” por obra del lápiz o el pincel, no me refiero a una voz que se dirige al oído, sino a una “voz” para los ojos. Esta no es una voz que usa el sonido, sino el sentimiento y el sentido para percibirlo es la vista.

En el lenguaje hablado, entre el emisor y el receptor, el sonido es vehículo de la idea más que del sentimiento. En el lenguaje visual, entre emisor y receptor, la comunicación opera en otro plano; es más rápida y directa, va por el sentido de la vista al alma del observador. Decía Goethe: “el oído es mudo, la boca es sorda, pero el ojo oye y habla.” La obra de arte se convierte en sentimiento para el receptor.

Cuando captamos el lenguaje del arte, sentimos que todos los objetos y colores de un cuadro nos “hablan” armónicamente. La obra de arte entonces, producirá en nosotros un estado de gozo o deleite, si es que a través de los ojos ha obrado positivamente en nuestro sentimiento. Pero, a diferencia del oído que capta sonidos para comprender, los ojos captan formas y colores para hacernos sentir, y no siempre el sentimiento es resultado de la comprensión, puesto que, aún sin ser comprendida, una obra de arte puede ser de nuestro agrado, pues, el mensaje para los ojos (o sea el lenguaje visual), es un sentimiento y transmitir un sentimiento es la razón del trabajo del artista, de su lenguaje y de su evolución. A este respecto, suprematistas como Malévich se inclinaban por pintar en sus cuadros “la pura sensibilidad plástica”.

Por eso, la obra del artista, o dicho de otro modo, la obra de arte, se dirige al alma del receptor, cuya puerta de entrada –cuando es un arte visual- son los ojos y el “alma” que es el lugar donde van a parar (o se “materializan”), los sentimientos, es la que, en definitiva, crea y recibe la obra de arte. Es el lugar donde nace y hacia donde va la creación.

Al ser un sentimiento no transmitido por el sonido, el arte visual no se puede transmitir con palabras, porque básicamente las palabras sólo transmiten ideas no sentimientos. Por ese motivo, se puede describir una obra de arte, pero no expresar el sentimiento que produce contemplarla, este es individual e inefable. Por eso, el conocimiento popular ha sentenciado hace mucho que: “se puede sentir lo que se dice pero no decir lo que se siente”.
Debo agregar también que, frente a los mismos estímulos visuales, no todos responden igual: la misma obra de arte producirá en los que la contemplan distintas reacciones. Además, no siempre lo que capta el receptor de una obra de arte es lo que el artista quiso manifestar, pero todas las reacciones serán siempre producto del sentimiento más que de la comprensión. En eso estriba la paradoja: el artista, al mostrar el mundo que lo rodea, o expresar sus sentimientos, busca ser “comprendido” pero, en la mayoría de las veces sólo es “sentido”.

Quizá si el artista buscara la vía del sentimiento, para llegar a los observadores, allanaría el camino para su reconocimiento o su “inmortalidad”, puesto que, el sentimiento, por no ser necesariamente, fruto de la reflexión o el entendimiento, acompaña a todo ser humano y brota en el observador del arte, de manera natural y casi inmediata. En cambio, la “comprensión” del mismo, es un proceso más elaborado y está reservado para unos pocos.

En algunos casos, comprensión y sentimiento se unen, brota entonces un juicio respecto de la obra de arte, en ese caso, nos encontramos ante lo que se llama “crítica”, pero eso es otro tema.

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TECNOLOGÍAS DE PESCA PREHISPÁNICAS

© Antropólogo. E. Rubio Díaz

Cuando en el Siglo XVI los conquistadores llegan al golfo de Guayaquil, vieron  con sorpresa, que los pobladores de ese lugar usaban para transportarse y pescar, grandes balsas. El cronista Samano Xerez (1528) refiere que Pizarro abordó  una de ellas, y pudo ver, junto  a  metales y piedras preciosas que “…traían para rescatar por unas conchas de pescado de que ellos hacen cuentas coloradas como corales y blancas que traían casi el navío cargado de ellas”. Esas conchas no eran otras que el importante molusco de nombre Spondylus, que en tiempos prehispánicos tuvo mucha importancia en las actividades rituales y comerciales.

Esto no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que el hombre había poblado ya estas tierras más de diez mil años antes y fue la pesca, junto a otras actividades extractivas lo que permitió su desarrollo y sobrevivencia. Desde luego, lo que encontraron los conquistadores fue el resultado de un largo proceso de evolución tecnológica que se dio en los Andes, en el caso de la pesca, esto permitió hacerse a gran escala.

Esta es una evidencia que  en el Perú, la pesca es una actividad muy antigua. En ese aspecto, la arqueología reporta para todas la épocas, restos de peces y moluscos que formaron parte de la dieta de los antiguos pobladores. La pesca por ser una actividad extractiva, se originó mucho antes que la agricultura y se realizó como hasta hoy, a parte del mar, en ríos y lagos de todas las regiones.

Desarrollar la pesca demandó también desarrollar una tecnología que permita la extracción o captura de especies cada vez con más facilidad y a mayor escala. El proceso evolutivo de los  instrumentos y la tecnología, pasó de la pesca con lanzas de madera y arpones al uso de anzuelos, redes y embarcaciones, estas no sólo permitieron la pesca en alta mar sino, también el traslado de la producción a lugares distantes. Debo explicar que cada cambio de instrumento o tecnología es el paso  a un nivel superior en el desarrollo social. Tenemos así que, en su etapa recolectora y trashumante,  eran muy escasas las herramientas con las que contaba el hombre; la pesca se realizaba con ramas o tallos a los que se les hacía punta. Un paso importante fue la talla de piedras y huesos, ello permitió elaborar arpones, lanzas, flechas y algo novedoso para su tiempo: anzuelos. Hechos de conchas, huesos y espinas, con el desarrollo de la metalurgia, se hicieron después de cobre. De esta etapa, encontramos muchos conchales en varias partes del litoral, lo que nos indica la presencia permanente de poblaciones en un solo lugar las mismas que tenían a la pesca como actividad principal para subsistir. Bonavia reporta para el sitio llamado Los Gavilanes en Huarmey, una población de hace 6 mil años, cuya dieta tuvo como base,  mamíferos marinos, pescado y moluscos. Lo mismo podemos decir  de Caral y Huaca Prieta en el valle de Chicama.

El uso de los anzuelos no hubiera sido posible, si es que antes no se descubre la fibra del algodón para hacer los cordeles. A esto sólo se pudo llegar con el descubrimiento de la agricultura, importante paso en el desarrollo tecnológico del hombre, pues jugó un papel fundamental en el desarrollo de la pesca, al proveer de fibra para la elaboración de cuerdas y la confección de redes para chinchorros, atarrayas y trampas. Además, el algodón  sirvió también para hacer los cabos con los que se amarraron las maderas o la totora para la fabricación de balsas de distintos tamaños y formas.

Con todos estos elementos, sumados al uso del metal y la cerámica, descubierta hace 4 mil años, la pesca se desarrolló en gran escala, tanto que, se generó dentro de la sociedad una especialización: los pescadores, que, a decir de Rostworowski, no labraban la tierra, ni eran artesanos, tampoco comerciantes.

De aquellas personas dedicadas a la pesca, todavía podemos ver actualmente en la costa peruana,  en el lago Titicaca y otros lagos del altiplano, poblaciones herederas de esa tradición, que conservan aún la herencia de sus embarcaciones y la técnica de pescar. erubiodias@gmail.com

Notas: BONAVIA, D. Los Gavilanes, mar, desierto y oasis en la historia del hombre. Lima 1982

ROSTWOROWSKI, M. Pescadores, artesanos y mercaderes costeños en el Perú prehispánico. En  Etnía y Sociedad, 1975

SAMANO XEREZ. Relación, Cuadernos de historia del Perú. 1937

 

LA URBE QUE NOS CONTIENE  (c) E. Rubio Díaz

La población de la ciudad no está allí porque fueron a ella; cayeron en ella. Algunos salen, la abandonan porque van a caer en otra urbe. Otra gente en cambio (la mayoría), está atrapada en ella para siempre. La urbe es su origen y su destino.

Las ciudades surgen básicamente de dos formas: por la ideas preconcebida de un gobernante o grupo que la funda, o por el crecimiento natural del asentamiento o la aldea. De cualquiera de las dos firmas, los hombres que ahí viven quedan presos en ella. Presos de su horario, de sus rutas, de sus tentaciones y placeres que brinda. De esa manera, se identifica, adquiere un sello, en su modo de pensar, en sus actitudes (resultado de éste), en su forma de vestir, de hablar y colectivamente, de perpetuar sus ritos y costumbres, sus leyendas o sus mitos.

Los hombres no modelaron a la urbe, la urbe modeló a los hombres, los hizo para que entre ellos se soporten, para que convivan con amistad,  envidia,  recelo, odio, con amor e indiferencia. Por eso, en ella hay crímenes y asaltos, pero vemos también en sus espacios públicos, a gente que se ama, que son solidarios.

Para llevarse bien con la ciudad y ganar tiempo, el hombre inventó el transporte sobre ruedas, primero con animal, luego con motor. Ahora éstas conviven con los habitantes disputándole el espacio. Es que al inventarse con la máquina, el traslado del hombre ya no de manera bípeda sino sedente, lo que se hizo fue añadir a la urbe un nuevo elemento, que por miles de años el hombre no lo conoció. Pero no perdamos de vista el hecho que, fue la ciudad que obligó al hombre ese invento, pues al crecer y expandirse horizontalmente, los centros de trabajo se fueron alejando de los lugares de vivienda. La urbe creció tanto, que obligó al hombre al uso de la máquina, con motores de diferente forma y tamaño. Éstas, al masificarse, ocuparon en la urbe el espacio que antes sólo era de los habitantes. Hay que tener en cuenta, que la urbe y los habitantes de ella, tienen necesidades y vidas distintas. En el crecimiento y transformación de las ciudades hay muy pocos puntos de coincidencia con los habitantes. No olvidemos que en esta relación, es la urbe la que manda. Es el habitante urbícola en que se somete a la urbe. Cuando se construye una autopista, un edificio, un parque, etc. es para satisfacer una exigencia que la urbe le puso a sus habitantes.

El que cayó en una ciudad como las de hoy, y ahí vive, es consciente de un fenómeno: los habitantes con los que se cruza diariamente, tienen distinta procedencia. Esto fue así desde siempre, pero se fue acentuando con el tiempo. Por eso, las ciudades conservan sus tradiciones en sus pocos habitantes oriundos y en la mayoría que asume esas tradiciones, para adaptarse e ir transformándolas con el tiempo.

En una ciudad, las costumbres o tradiciones, cambian, se transforman o desaparecen, no sólo por efecto de sus propios habitantes, sino por la presencia de los foráneos. Cuando éstos son mayoría, el cambio es más rápido.

Cuando en tiempos del emperador Dionisiaco, había tantos y tan diversos esclavos en Roma, se pensó darles a todos un vestido igual para identificarlos. La idea se desechó, para evitar que, al reconocerse entre ellos, fueran tantos que pudieran iniciar una revuelta social.

Si son importantes,  las ciudades desaparecen con las conquistas o las guerras, cambian de nombre, vuelven a nacer con otra gente. Si son el centro del poder, sus costumbres están siempre amenazadas por la mayoría extranjera.  Pero a la vez son focos de irradiación cultural. El estigma que marca a todas las ciudades, en todas las épocas es que nunca se terminan de construir. Quizá permanezca el trazo, pero lo que éste encierra nunca es permanente. Es ese constante cambio que tienen las ciudades lo que les da vida, pero también lo que indica cual es la necesidad de sus habitantes. En aras de resolver las necesidades de sus habitantes, las ciudades se transforman. Me atrevo a decir, que nunca se transformó tan rápido una ciudad que cuando se inventó el automóvil. No digo la carreta, que en muy antigua.

Las ciudades se construyen con calles anchas para el paso de las carretas jaladas por animales, pero al ser reemplazadas éstas por el automóvil las ciudades se fueron transformando en función a la máquina y a la velocidad que éstas desarrollaban. Las ciudades estables en su planta y trazo tuvieron que modificarse y cambiar a razón del número de vehículos y de su velocidad. Añadido a esto,  el lugar, la actividad que desarrollan los habitantes, también es motivo de la transformación de la urbe. Los habitantes que viven en un lado de la ciudad, pero que trabajan en un lugar opuesto, generan a la hora de trasladarse, la necesidad de ampliar las vías o construir otras para resolver el problema de congestión vehicular. Cuanto más autopistas , by pass, cruces, túneles, etc, veo en una ciudad, pienso que es mayor el nivel de estrés de sus habitantes. El cruce entre las autopistas interestatales 110 (Harbor) y la 105 (Century) en la ciudad de Los Angeles, California, tiene hasta siete niveles con 52  metros de altura. Esto me hace pensar, más que en el nivel  de tecnología y recursos para construirlo, en las condiciones de vida de los habitantes, no en su hogar, sino cuando salen de él para enfrentarse a la urbe con sus calles, al entorno, que es donde todos los habitantes de la urbe nos enfrentamos. Ahí es como sentimos que la ciudad actúa en nosotros, como nos contiene y nos condiciona. Es que, como dije, el urbícola y la urbe tienen vidas y necesidades diferentes. La ciudad crece y se transforma y es a ese crecimiento y transformación que el hombre tiene que adecuarse, sumisamente. Los que no se adaptan tienen que mudarse y caer en otra ciudad, que les exigirá otras cosas. El urbícola se enfrenta a la urbe todos los días, en esa lucha se despersonaliza, se vuelve masa, entra en una competencia desigual con el tiempo y el tráfico, difuminado entre los demás habitantes que viajan como él, deja de ser persona, para identificarse por el número del vehículo, sólo vuelve a su personalidad, cuando está en su hogar o en su trabajo, es decir, cuando deja a la ciudad al otro lado de la puesta, aunque su hogar y su trabajo también están en la ciudad.

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