PROSAS

ZAPATOS

Un día, mientras estaba en la oficina, la secretaria se acercó para decirme: “¿Qué te parecen mis zapatos?” Me contó que los había comprado recien, y que era la primera vez que los usaba para ir al trabajo. Yo que hasta entonces, nunca había reparado en los zapatos que usaba, me detuve a observarlos mientras ella me los mostraba por todos lados, moviendo sus pies coquetamente entusiasmada. Pero yo ya no vería sólo los zapatos, sus piernas aunque delgadas, aparecían perfectamente torneadas bajo su falda, que apenas le llegaba a la mitad de sus muslos. ¿Para qué zapatos? pensé. No sería mejor estar en estos momentos viéndole todo su pie, verle todos sus dedos, su talón, ver el arco de su pie, ese dedo chiquito que algunas mujeres levantan cuando andan sin zapatos por la habitación, o ¿no sería mejor verle todo sus cuerpo?

– Están bonitos le dije, para no quitarle su entusiasmo ni su coquetería y para no seguir pensando.

-¿Qué tal se ven en mi pie? Me volvió  preguntar con cierta vanidad.

Yo le contesté con algo que me llegó a la mente quién sabe de qué lectura y como la luz que se enciende al final de la película y nos vuelve a la realidad.

– Se ven bien, pero mejor se verían junto a los míos, inmóviles a los pies de mi cama.

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TRAMPA PARA CUCARACHAS

Construir con cualquier material (de preferencia de color blanco), un espiral. No importa el diámetro. Hacer del mismo material una columna y fijarla en el centro de un tablero que debe ser de tamaño proporcional al espiral. Luego, alrededor de la columna poner el espiral de forma que, la vuelta más pequeña coincida con la parte superior de la columna. Debe quedar, más o menos como la idea que se tiene de la torre de Babel, pero en miniatura. Así, la trampa ya esta lista. Para que funcione, solamente falta llevarla al lugar donde estamos seguros frecuentan las cucarachas.

A cualquier humano que la use, se le recomienda poner como cebo en la parte alta del espiral, es decir sobre la columna, un grano de azúcar antes de irse a dormir y apagar las luces, pues las cucarachas son animales nocturnos. Olvidarse luego de la trampa y dormir plácidamente sin pensar en las cucarachas ni en el espiral.

Al otro día comprobará que,  por un grano de azúcar, las cucarachas habrán intentado ascender hacia el cebo, pero , por querer todas a la vez llegar primero, se habrán desbarrancado, cayendo constantemente al primer nivel del espiral. Repetidas veces lo intentarán y volverán a caer y, en ese espiral de disputas les llegará la mañana., es decir, la luz. Usted podrá ver entonces, como algunas yacen panza arriba pataleando, con las alas o las patas quebradas. Otras estarán muertas de tantas veces que han caído. Otras, jadeantes todavía, intentarán subir el espiral una vez más. Todo se termina con la  escoba y el recogedor de basura.

En caso que el grano de azúcar siga en su lugar, puede ser reutilizado, de lo contrario habrá que poner otro. Repetir la operación tantas noches como sea necesario.

ADVERTENCIA. Hay que tener en cuenta que, algunos hombres, cambiando el noble uso del espiral, lo ponen en lugares íntimos e igualmente oscuros, para acabar con sus semejantes y no tener luego competencia. Por ese motivo, no duermen tranquilos. Lo único distinto es que han cambiado el cebo.

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LO QUE HAGO CUANDO ESTAS LEJOS, FRANCHA

El día lo empiezo tarde.

Me entristece ver el agua de la ducha que sólo a mí me moja y arrastra al sumidero, la espuma del jabón que sólo estuvo en mi cuerpo  y no en el tuyo.

Evito los espejos.

En el desayuno, compruebo que cada vez son más los panes duros.

Ya no voy a los parques: los árboles sospecharían que estoy solo. Las bancas no deben saberlo.

En mi imaginación, te digo las cosas que olvidé cuando estuve contigo, y preparo otras para decirte, -que igual olvidaré-, cuando te vuelva a ver.

Imaginariamente voy a verte con el regalo que más te gusta y te lo entrego.

Te canto una canción. Te leo algún poema de César o Federico, algún cuento de Julio, de esos que te gustaban, pero todos los libros están quietos y fríos.

Miro más los anuncios cuando voy por las calles, que hoy las camino menos.

Ya no estiro mi boca como cuando reíamos.

En la ciudad, quiero ser un mendigo, pero no pedir pan sino noticias tuyas.

Te veo caminando entre la gente, pero cuando me acerco, compruebo que  es sólo el deseo de verte en todas partes.

Compruebo los minutos que suman una hora: son cientoveinte.

Contemplo el vuelo de las moscas.

Quiero ser como tú para entenderme.

Imagino que cantas con devoción nuestras canciones.

No sé si las comidas tienen sal o les falta.

Riego pensando en ti, el jardín que se reseca pronto.

Miro con aprecio el teléfono y procuro tenerlo cerca.

Contemplo el crecimiento de las sombras conforme avanza el día.

Leo y releo tus cartas. Miro  y remiro tus fotos.

Busco el los diarios noticias de la ciudad donde te encuentras.

Quiero mudarme más cerca del correo.

El desorden de mi habitación es el de mis pensamientos.

Imagino lo que haces, dónde vas, lo que comes, sólo quiero que tú me lo confirmes.

Casi me alegra no escuchar tu voz, sólo por comprobar que a cada rato la tengo en mi memoria.

Todo el día te extraño. Todas las noches te necesito.

Mi amor no encuentra el medio para hacerse tangible.

En todos los amaneceres siento que te has ido ayer, y en todas las noches hace un año.

Escribo esto que lees.

Apago sin apuro la luz de la habitación.

Pienso en tu boca tanto como en tu voz, tanto como en tu cuerpo.

Sueño que tú me sueñas y que vuelves, y que todo lo anterior no ha ocurrido.

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VIENDO CAER UN GRANO DE AZÚCAR EN LA LIMONADA

Los niños cuando se sientan a la mesa, tienen de las cosas que hay sobre ellas, una perspectiva distinta a la de los adultos. Esto se debe a que su visión está al ras del tablero, por eso todo lo que está sobre ellas lo ven en perspectiva horizontal. La visión de los adultos es en cambio vertical. Lo que en fotografía se llama vista en picado. Conforme vamos creciendo se va perdiendo en nuestra memoria el recuerdo que teníamos de las cosas cuando las veíamos horizontalmente o por debajo: nadie recuerda por ejemplo, cómo era por debajo la mesa del comedor o las camas, y cuando fuimos niños pasamos por allí tantas veces.

Cuando era niño, una tarde mi madre me sentó sobre una silla (mis pies no tocaban el piso), y me acercó a la mesa. Lo que vi después lo recuerdo como si hubiera sido ayer, o más, lo siento como si lo estuviera viendo en estos momentos. No sé por qué extraña razón no lo he olvidado.

En una jarra de vidrio transparente que tenía ante mis ojos y casi llena de agua, mi madre escurría los limones, yo con el cachete puesto en el tablero de la mesa, contemplaba absorto alzando levemente la mirada, como la circunferencia del limón se deformaba entre los dedos de mi madre soltando un breve chorro, que terminaba luego en unas gotitas que, al caer al  agua poco a poco la enturbiaba. Los limones escurridos, es decir las cáscaras, que en algunos vegetales es como la piel, pero en el caso de los limones era como un cadáver dividido, las iba poniendo a un costado junto a las pepitas partidas que antes había sacado de cada mitad.

A la altura en que yo estaba, el aroma del verde fruto en plena madurez, me llegaba total a la nariz, activando mis glándulas salivales, (no sé si en estos momentos a usted amigo lector, le ocurre lo mismo). Luego vi a mi madre echar una tras otra las cucharadas de azúcar al líquido de la jarra y como caían al fondo, en un viaje lento y silencioso. Luego, la misma cuchara la introdujo en el líquido, comenzó a girarla y todo empezó a elevarse en espiral por el remolino que como un tirabuzón formaba el líquido en el centro de la jarra. Algunos pedacitos de limón orbitaban también alrededor de la cuchara. Dejó mi madre de mover, luego se retiró. Lentamente todo el interior de la jarra fue volviendo a la calma. Tremendo huracán encerrado el que tuve ante mis ojos. Cuando todo se calmó,  bajando levemente la mirada contemplé la redondez total del fondo de la jarra y como en su centro se iban aquietando algunas impurezas de la mezcla: el azúcar había desaparecido. Pero al mirar hacia arriba nuevamente, vi en el filo de la jarra, un grano de azúcar. Estiré con esfuerzo mi pequeño brazo y con la punta de mi dedo índice,  empujé el dulce grano dentro del líquido. Lo vi caer y empezar su viaje. El grano descendía girando lentamente perdiendo sus aristas, como desnudándose de sus ángulos en cada vuelta. Hasta que cruzó la mitad de la jarra convertido en un diminuto punto cristalino que luego ya no puede seguir con la mirada porque desapareció sin que yo sepa dónde:  no llegó al fondo. Me di cuenta que el azúcar muere dentro del agua, entregando su cuerpo para endulzarla.

Al rato volvió mi madre que había ido a botar los restos del limón, cogió la cuchara nuevamente y probó la limonada, luego se retiró haciendo un gesto de desagrado. Regresó con un limón y el cuchillo. La esfera del limón sólo en una pequeña superficie se pone en contacto con el plano de la mesa proyectando una leve sombra. El filo del cuchillo visto desde abajo es tan delgado que no arroja sombra, pero por donde pasa en su vaivén, separa las cosas con facilidad. Sujetó mi madre el limón, puso sobre este al cuchillo y con pequeños movimientos de ida y vuelta, partió el limón en dos haciendo un ruido sordo (y ácido), allí donde proyectaba su sombra dejó un pequeño charco de su jugo. Vi las delicadas manos de mi madre que por entonces eran sin pecas y movía sus dedos con facilidad, agarrar nuevamente una a una las mitades del limón y escurrirlas. Mientras el jugo caía en un delgado chorro, la saliva aumentaba en mi boca y yo pensaba si el grano del azúcar desaparecido se quedará dentro del agua como un fantasma, o como el alma de los vivos al desaparecer el cuerpo saldrá a vagar. ¿Cuántas almas de azúcar ingiere uno en un vaso de limonada? ¿Con cuántos fantasmas calmamos la sed? Sería bueno conocer el lugar donde se reencarnan esas almas. Yo creo haberlo descubierto. ¿No serán esas pequitas que como granos de azúcar han brotado en las manos de mi madre para restarle agilidad y no corte limones ni extermine azúcar haciendo limonada? ¿o será en la saliva, que inmediatamente nos brota en la boca al momento de cortar un limón? Usted lector… ¿ la esta sintiendo?

2 responses to this post.

  1. Posted by Margarita on 23 febrero, 2010 at 8:50 AM

    Emilio:

    Pues ya veo que descubriste la sensualidad en los zapatos, aunque en realidad son los pies los que te inspiran y dejan volar tu imaginación,si todo eso provoca en ti el pie no quiero imaginar el resto.

    Un beso

    Margarita

    Responder

  2. Excelente!! con calidad y talento. Felicitaciones!

    Responder

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